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Gruesolandia

Gruesolandia.

Escrito por ElBlogDeMercury 04-06-2014 en Aportacionpersonal. Comentarios (0)

Gruesolandia

I

Gruesolandia era un pueblo apacible, un pueblo que nacía en una colina y acababa dando al

mar, rodeado de casas anchas, con jardines, balcones y de colores blanquecinos generalmente,

como muchos pueblos de Andalucía. No existían los rascacielos, ni la contaminación, dado que

era un lugar tan bello y tan acogedor, que sus habitantes preferían ir paseando a sus lugares

de trabajo, ocio o estudio. El mejor momento de Gruesolandia era cuando se colaban los rayos

de sol por las ventanas de las viviendas. Tampoco existían los horarios, por lo que cuando la

luz del sol acariciaba las mejillas de sus habitantes, estos se levantaban, decidían y

planificaban su nuevo día. Para trabajar tampoco había un horario fijado, por lo que sus

habitantes podían cumplir sus horas de trabajo marcadas a intervalos en el día, ya fuese por

la noche, por la mañana o por la tarde. Como he mencionado, Gruesolandia era un lugar

apacible. Tampoco había alcalde, dado que no les hacía falta, ni siquiera policía, porque era

un lugar tan seguro, que el hecho de cometer un delito te conllevaba a un rechazo social cuyo

remedio era el exilio. Gruesolandia era un pueblo desconocido, escondido entre una montaña

y el mar, alejado de la tecnología, pero alejado también de la ignorancia, pues era difícil aquel

ciudadano o ciudadana que no tuviese estudios universitarios. Precisamente fueron sus

conocimientos los que les llevaron a decidir alejarse de cualquier tipo de evolución

tecnológica. En vez de ver la televisión, leían, en vez de quedarse sentados/as en un sofá

esperando pasar el tiempo, se iban a caminar, a correr, por la colina o por la playa de arena

fina. Pero si había algo que caracterizaba y daba sentido al nombre del pueblo era la total

libertad sin tapujos ni complejos de sus habitantes por el amor hacia la comida. Algunos

ancianos y ancianas de las afueras siempre recordaban: “hay que comer para vivir, no vivir

para comer”. El lema en Gruesolandia era totalmente al contrario. La falta y deseo de no

contacto hizo eliminar paulatinamente la concepción patriarcal y estética de los cuerpos

humanos. En el pueblo había muchos y muchas obesas, pero también delgaduchos/as,

deportistas, no deportistas, altos/as, bajos/as, rubios/as, morenas/os, con pelo, sin pelo... en

resumidas cuentas, Gruesolandia tenía a unos y unas habitantes que cuando se miraban en el

espejo, el único adjetivo que se atribuían era el de “felices”.

Desde por la mañana comían todo tipo de alimentos. Desde un zumo de naranja a un batido

de chocolate a una tostada saludable como insana, daba igual, nadie se preocupaba por su

peso. Nadie reprochaba el estado saludable de otra persona por el número marcado en su

báscula. No habiendo ataduras laborales ni estéticas, la gente vestía como le viniese en gana.

Disfrutaban del sexo donde quisiesen, con quienes quisiesen. No existía ni la heterosexualidad

ni la homosexualidad, ni la pansexualidad, ni nada terminado en “sexualidad”, solo sexo. La

mujer no era esclava de su cocina ni del cuidado de sus hijos, pues el hombre también

trabajaba en conjunto con ellas. Decir que no había patriarcado sería un insulto a todas las

mujeres que lo padecen, pero sí había un gran interés social por acabar con él. El capitalismo

tampoco era una realidad. Era un pueblo que se autogestionaba. El único capitalismo del que

pecaban era el de mercado exterior con otros pueblos o ciudades del que dependían para la

importación de alimentos o materiales. La educación no se basaba en jerarquías, ni en

exámenes, sino en asambleas, trabajo conjunto y continuo por el aprendizaje. Los niños no

sufrían agresiones de sus compañeros ni compañeras, dado que nadie se juzgaba por la

imagen que reflejara su espejo. ¡Qué bonito y feliz pueblo era Gruesolandia! Era el sueño de

muchos utópicos y soñadoras.

II

En Gruesolandia, las viviendas solo servían para dormir, toda la vida diaria se desarrollaba

en las calles. Por la mañana bajaban a desayunar a un bar, al mediodía a un restaurante y por

la noche solían comer comida rápida. Entre comida y comida, como he mencionado,

disfrutaban de sus bellos paisajes, paseando, charlando, sentados y sentadas en sus bancos,

haciendo senderismo por la colina, con sus bicicletas o haciendo trabajos voluntarios. Dado

que nunca estaban en casa, el dinero que debían aportar para sus facturas telefónicas, de luz y

agua iban a parar a sus vientres con ricos y abundantes calorías. ¡Ah! Y sí, no había

propiedad privada. Todos los locales estaban al servicio del pueblo, no había dueños o dueñas,

solo trabajadores y trabajadoras, que se repartían el salario con lo obtenido cada mes. En su

pequeña fábrica textil pasaba lo mismo, así como en el puerto de pesca.

A veces, los radicales conservadores iban a atacar a los habitantes por las noches, haciendo

pintadas, rompiendo todo lo que se encontrasen a su camino. Por ello se había creado un

grupo voluntario de seguridad. No les gustaba la confrontación, pero cuando tenían que

cometerla, la hacían de la forma más cruel posible. Llegaron incluso matar a sus enemigos.

Pero a nadie le importaba. Para ellos, esa gente extranjera y radical que querían al ser

humano encuadrado en una lista de requisitos absurdos, no eran más que escombros que tirar

al mar. Y a veces se lamentaban de tirar los muertos al mar, pues el mar no tenía la

culpabilidad para recibir a esos escombros articulados. La complicidad de todo el pueblo

impedía a la policía resolver sus casos.

En los carteles de publicidad de todo el pueblo se podía observar a gente sonriendo con un

plato de comida o disfrutando del ocio. No había mujeres modelos y semidesnudas como en los

demás lugares, ni tampoco hombres musculados y remojados para lucir cuerpo ante la

sociedad patriarcal. Es por ello, que cada mes, el pueblo iba agrandándose para recibir a

nuevos y nuevas habitantes. De las cuales muchas solían ser mujeres obesas. En las asambleas

semanales que se hacían en el pueblo para tratar los distintos asuntos, los y las nuevas

habitantes debían contar el porqué de su decisión de vivir en Gruesolandia. Allí, que había un

hombre ataviado con sombrero de copa y un frac, que además de sociólogo, apuntaba los

actas, había hecho un estudio estadístico con los resultados donde se hallaban las respuestas

más comunes de sus nuevos y nuevas vecinas. Ser obeso en el sistema patriarcal era una

desgracia, pero más si eras mujer y obesa. Señalo la obesidad, pues era el motivo con más alto

porcentaje para venir a Gruesolandia. También venía gente sin problemas en Gruesolandia,

pero que fuera del pueblo parecían ser desagradables. Ser bajo/a, ser muy alto/a, tener poco

pecho, tener mucho pecho, tener un trasero pequeño, un trasero grueso, tener estrías, celulitis,

arrugas, calvicie, estar obeso, estar delgado...etc. El sociologo, que había nacido y crecido en el

pueblo, le costaba creer todas estas barbaridades que solo las había observado en libros. Es

por ello que un día decidió conocer mundo, aunque lamentablemente, estando fuera, una

depresión lo llevó a la tumba.

III

A veces, en los tablones de publicidad e información por todas las calles, la gente se reunía

agitada observando imágenes de otros lugares. Niños con trastornos de ansiedad por acosos,

por presión estudiantil. Hombres y mujeres de avanzada edad trabajando, trabajadores y

trabajadoras con cara de cansancio e insatisfacción. Gente desahuciada de sus viviendas, sin

comida, sin ropa, sin trabajo. Aquello hacía llorar a quienes lo observaban. Unos lloraban,

otros reían señalando lo absurdo que eso sería si fuese verdad, y quienes habían vivido en esas

condiciones por ser en un primer extranjeros o extranjeras, tenían que afirmar que eso era

cierto. Nadie llegaba a un acuerdo y todos seguían su camino, su vida. Un día, mientras la

juventud disfrutaba en la plaza cantando, bailando, pasó un vehículo, algo inaudito en

Gruesolandia, pues el transporte se basaba en los propios pies o en bicicletas. Era un vehículo

blanco con unas letras escritas en los laterales de distintos colores y un aparato negro y

alargado que sobresalía. Todo apuntaba a ser una cámara. “¿Qué hacía una vehículo

fotografiando al pueblo?” Se preguntaban. A decir verdad, Gruesolandia era una leyenda

urbana, nadie afirmaba realmente su existencia. Solo la gente con deseo y fe se arriesgaban a

encontrarse con una realidad falsa. Pero no era así, Gruesolandia existía. Los ancianos del

lugar contaban a menudo que Gruesolandia era tan desconocido en el exterior, que cuando

alguien nuevo habitaba el pueblo, su familia o conocidos reales del exterior, recibían una carta

de la Policía alegando su muerte en dicha travesía.

Los y las lectoras se estarán preguntando cómo es posible que con tan malos hábito

alimenticios, con esos problemas de obesidad, que en Gruesolandia no se podía tildar de tal

manera, podían vivir hasta larga edad sin problemas de corazón, ni diabetes. El pueblo, que

era autogestionado, invirtió en un pasado una gran cantidad de dinero que hizo casi arruinar

a sus habitantes con el objetivo de obtener medicaciones que solucionaran los posibles

problemas de salud. Al no haber una empresa interesada en la comercialización de dichos

medicamentos, no había especulación ni conspiración, por lo que la medicación salió adelante.

Con tan solo una capsula, todos tus posibles problemas desaparecían. Incluso experimentaban

con la genética para evitar usar la medicación y dar una vida longeva a todos y todas sus

habitantes. Los únicos problemas en Gruesolandia eran los problemas de salud, dado que

pudiendo haber sacado una medicación para crear modelos estéticos que en el patriarcado son

llamados “normales”, en el pueblo decidieron seguir disfrutando de sus michelines y de sus no

problemas estéticos. Ningún niño quería ser como nadie de mayor, ni ninguna adolescente se

planteaba el operarse estéticamente para gustar. Pues el patriarcado no afectaba allí tanto.

Los niños eran vestidos como niñas, las niñas como niños, todo en una labor de romper con los

géneros. ¡Qué bonita era Gruesolandia!

IV

Un día, en el transcurso normal de los días, empezaron a llegar personas con mochilas,

fotografiando todo cuanto quisiera. Al mes siguiente, llegaban las televisiones para entrevistar

a sus habitantes. Llegaron helicopteros, regalos de todo el mundo. Aquellos jóvenes de la plaza

vieron a un vehículo que fotografiaba a Gruesolandia para introducirlo en una base de datos

y poder acceder a ella a través de una plataforma llamada “Internet”, que todos y todas

conocían, pero que les era innecesario. Toda esta ruptura de la monotonía paradisíaca de

Gruesolandia empezó a cambiar a sus habitantes. Llegaban visitantes pidiendo asilo temporal,

por lo que el pueblo, en una de sus reuniones, tuvo que aceptar la oferta de un hombre con

corbata para crear un hotel que ya no estaba al servicio del pueblo, sino de este señor.

Además, en el nuevo hotel, los horarios debían seguirse a rajatabla. Los sueldos eran

mediocres. La gente comenzaba a comprar despertadores. Ya no se les veía tan felices. A

medida que Gruesolandia salía de su leyenda, llegaba gente que deseaba implantarse a vivir.

Fue una demanda tan grande, que el pueblo tuvo que aceptar empresas privadas de

construcción y acabar con la propiedad pública para hacerla privada. Las farmacias ahora

pasaban a ser privadas, en los colegios comenzaban a darse temas religiosos y que pertenecían

a grupos eclesiásticos que dividían a los niños y niñas, enfrentándoles entre sí. Los niños ya

debían vestir con uniforme y las chicas con faldas. Entonces, todos los locales del pueblo

pasaron a ser privados, por lo que los trabajadores vivían explotados. “Trabajar para vivir”

ya no era un hecho. Ahora se vivía para trabajar. Llegaba una juventud extranjera con

tecnología, por lo que los jóvenes, adoctrinados por sus instituciones educacionales, se veían

necesitados de objetos innecesarios como ordenadores. Llegó Internet, de forma privada

también. Se nombró a un alcalde que era corrupto. A una policía que solo provocaban gastos.

Había robos y asesinatos. Llegaron las modas, y ahora quienes siempre habían sido felices con

sus cuerpos, debían adelgazar, debían ir al gimnasio, también privado, que privaba de las

vistas del querido pueblo, que ahora estaba lleno de contaminación. Los casos fueron resueltos

y todos/as miembros voluntarios de seguridad de antaño, ahora pasaban a ser presos. La

fábrica textil se había convertido en una cárcel. Los carteles de todo el pueblo comenzaron a

llenarse de propaganda política, de objetos tecnologicos innecesarios, de cosméticos para tener

un cuerpo ideal según el patriarcado. Los niños querían ser como los hombres musculados de

los carteles y las niñas querían operarse incluso antes de que les saliese cualquier tipo de

pecho para parecerse a unas señoras que salían en televisión dando gritos y hablando de los y

las demás. La gente entraba en depresión y moría, para ello no había medicación. El

cementerio crecía cada día. Los hombres ya no colaboraban con sus mujeres, ni tampoco

había parejas de distintos géneros. Los géneros habían vuelto, todo se sustentaba bajo una

sociedad heteropatriacal. Las mujeres paseaban de noche asustadas por posibles acosadores y

violadores. En las tiendas de ropa dejaron de comercializarse tallas grandes, ahora, las tallas

grandes eran del grosor del tobillo de un niño pequeño. Las facturas económicas engordaban

y sus habitantes se veían obligados a hipotecar sus casas, que no podían pagar por sus bajos

salarios y acababan viviendo en la calle. Tan solo pasaron cinco años de todo esto, desde que la

juventud disfrutaba de Gruesolandia y vieron ese demonio metalizado. Ahora el 90% de la

población era asalariada de un 10% que tenían los medios de producción. Algunos lloraban al

recordarse riéndose de las noticias que venían del extranjero y que creían que era un cuento,

una leyenda, algo totalmente falso y absurdo. Nadie era feliz. El ser humano pasó a segundo

plano para ser invadido por el deseo consumista de los objetos. Antes, en Gruesolandia, todo

el mundo podía tener estudios, ya solo el 5% se lo podía permitir. La ignorancia invadía el

pueblo, que era aprovechado por ese 10% de la población y por sus políticos. Empezaron a

quitar los espejos de casa para poner carteles con sus famosos preferidos. Solo con el deseo de

parecerse a ellos, físicamente, dado que intelectualmente, sus ídolos aportaban más bien poco.

El deporte, que antes se hacía por ocio, ahora se hacía como arma de distracción de la

realidad por un sector a quienes les interesaba esclavizar a los habitantes de Gruesolandia. El

pueblo ya no era bello, pues todo era artificial, sucio, oscuro, descuidado, ajetreado. Atascos

invadían al pueblo, nadie salía a disfrutar porque no tenían dinero para ello. Quienes antes no

tenían problemas en Gruesolandia, ahora eran objetos de burlas y miradas de los y las demás.

Gruesolandia ya no era nada.

V

Todo esto es lo que me contó mi abuelo, antes de morir. Yo dudé toda mi vida si esto era

leyenda, fantasía, realidad o una estupidez de mi querido anciano. Lo único que tengo claro a

día de hoy es que Gruesolandia hubiese sido un buen lugar para morir y un bonito lugar por

el que luchar.


Gruesolandia. Mi primer relato.

Escrito por ElBlogDeMercury 04-06-2014 en Aportacionpersonal. Comentarios (0)

Gruesolandia es un pequeño relato que trata la historia o leyenda, nunca lo sabremos, de un pueblo fantástico que cayó en la maldición de querer ser como los demás. 

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